Si sales a cenar en la Ciudad de México, hay algo que probablemente no habrías visto con tanta frecuencia hace diez años.

Abres la carta de vinos y, donde antes encontrabas principalmente etiquetas de España, Chile o Argentina, ahora aparecen botellas de Baja California, Coahuila, Querétaro, Guanajuato y otras regiones del país.

Y ya no están ahí como una sección curiosa o simbólica. En muchos restaurantes, los vinos mexicanos ocupan un lugar importante en la carta. Los meseros los recomiendan, los sommeliers los incluyen en sus maridajes y los clientes preguntan directamente por ellos.

Lo interesante es que este cambio no comenzó en los restaurantes.

Comenzó en las personas.

Durante la pandemia, muchas comidas que antes ocurrían fuera se trasladaron a casa. Cocinamos más, pedimos botellas por internet, organizamos cenas pequeñas y empezamos a prestar más atención a lo que estábamos tomando. Algunas bodegas mexicanas fortalecieron sus ventas directas y sus canales digitales para llegar al consumidor sin depender únicamente de restaurantes y distribuidores.

No quiere decir que el vino mexicano haya nacido durante la pandemia. México tiene una historia vitivinícola de siglos. Lo que sí ocurrió es que, a partir de ese momento, muchas personas comenzaron a descubrirlo desde otro lugar: menos solemne, más cercano y mucho más cotidiano.

Al mismo tiempo, la industria ya llevaba años preparándose para ese cambio.

El vino dejó de ser únicamente para ocasiones especiales

Durante mucho tiempo, en México el vino estuvo rodeado de cierta formalidad.

Parecía que había que conocer de regiones, añadas, uvas y copas antes de atreverse a pedir una botella. También existía la idea de que el vino era para aniversarios, cenas elegantes o comidas de negocios.

Eso ha cambiado.

Hoy es común abrir una botella durante una carne asada, una comida familiar, una cena con amigos o simplemente porque el platillo del día lo pide. En la Ciudad de México, además, han aparecido más Wine Bars, tiendas especializadas, catas y restaurantes interesados en servir etiquetas nacionales.

El vino se volvió menos intimidante.

Y cuando algo deja de sentirse complicado, más personas se animan a probarlo, hacer preguntas y descubrir qué les gusta.

Ese cambio de actitud es importante porque México todavía tiene un consumo de vino relativamente bajo frente a otros países productores. Sin embargo, el mercado ha mostrado una expansión clara y una mayor presencia de etiquetas nacionales.

Más productores, más regiones y más estilos

Hace algunos años, hablar de vino mexicano era prácticamente hablar de Baja California.

Y sí, Baja California sigue siendo una región fundamental. Allí se encuentra buena parte de la historia moderna del vino nacional y una enorme concentración de bodegas, restaurantes y proyectos enoturísticos.

Pero el mapa se amplió.

Hoy también encontramos vinos de Coahuila, Querétaro, Guanajuato, Chihuahua, Aguascalientes, San Luis Potosí y otras zonas que están desarrollando su propia identidad.

Esta diversidad permite que la conversación sobre el vino mexicano deje de reducirse a una sola región o a un solo estilo.

Esto es especialmente interesante para quienes compran vino en CDMX, porque hoy pueden probar etiquetas nacionales muy distintas sin salir de la ciudad.

Un Cabernet de Baja California no necesariamente se parecerá a uno producido en el centro del país. Cambian el clima, la altitud, el suelo, el manejo del viñedo y, por supuesto, las decisiones del enólogo.

En otras palabras: ya no existe un solo sabor de “vino mexicano”.

La industria se profesionalizó

El crecimiento no ha sido únicamente una cuestión de cantidad.

También ha cambiado la forma de producir.

Cada vez existen más enólogos formados profesionalmente, mejores prácticas en el viñedo, mayor control durante la fermentación y proyectos que toman decisiones muy precisas sobre variedades, tiempos de crianza y uso de barrica.

También hay más capacitación en otras partes de la cadena: servicio, comercialización, turismo y cultura del vino.

Esa profesionalización se nota en detalles que el consumidor quizá no siempre ve, pero sí termina probando:

  • uvas cosechadas en mejores momentos;
  • fermentaciones más controladas;
  • mayor limpieza aromática;
  • estilos más definidos;
  • etiquetas con una identidad clara;
  • vinos pensados para evolucionar bien en botella.

También se nota en la forma de presentar el producto.

Las bodegas ya no solo venden vino. Muchas cuentan la historia de su viñedo, explican sus procesos, organizan catas, desarrollan experiencias gastronómicas y construyen una relación más directa con quienes compran sus botellas.

Eso ayuda a que el consumidor entienda mejor qué hay detrás de cada vino y por qué dos etiquetas elaboradas con la misma uva pueden ser completamente distintas.

La pandemia aceleró una relación más directa

Cuando los restaurantes cerraron o redujeron su operación, muchas bodegas tuvieron que cambiar rápidamente su manera de vender.

El canal digital dejó de ser opcional.

Algunos productores comenzaron a ofrecer entregas directas, catas virtuales, promociones por cajas y comunicación más constante en redes sociales.

Ese cambio fue importante.

Antes, muchas personas descubrían un vino porque se lo recomendaban en un restaurante. Durante la pandemia, comenzaron a descubrirlo directamente desde su casa.

La botella llegó sin tanta ceremonia.

Se abrió en la cocina, se probó con una receta improvisada y se compartió en una mesa cotidiana. Para mucha gente, esa fue una manera mucho más amable de acercarse al vino.

Y parte de esa costumbre se quedó.

También cambió la forma de comprar

Hoy el consumidor tiene más información antes de elegir.

Puede revisar una etiqueta, buscar la bodega, conocer la región, leer sobre la uva o encontrar recomendaciones de maridaje en cuestión de minutos.

Eso obliga a los productores a comunicar mejor, pero también beneficia a las bodegas pequeñas.

Una marca no necesita producir millones de botellas para tener una historia relevante. Puede destacar por su origen, por su forma de trabajar, por una producción limitada o por un vino que expresa claramente su región.

Para proyectos como Mapiabelle, esto representa una oportunidad.

No se trata de competir con las grandes bodegas en volumen. Se trata de ofrecer vinos con una historia clara, una producción cuidada y una relación más personal con quienes los prueban.

La Ciudad de México se convirtió en un escaparate natural

Aunque las uvas se cultivan a cientos o miles de kilómetros, buena parte de la conversación sobre el vino mexicano ocurre en la CDMX.

Aquí se encuentran algunos de los mercados más importantes para las bodegas nacionales:

  • restaurantes;
  • hoteles;
  • Wine Bars;
  • tiendas gourmet;
  • clubes de vino;
  • catas privadas;
  • eventos corporativos;
  • consumidores que buscan nuevas etiquetas.

La ciudad también reúne cocinas muy distintas. En una misma semana, un vino mexicano puede acompañar tacos, comida japonesa, cortes argentinos, cocina mediterránea o un menú mexicano contemporáneo.

Eso hace de la CDMX un laboratorio extraordinario para probar maridajes y descubrir vinos.

Además, la oferta ya no está concentrada únicamente en especialistas. Cada vez más personas llegan al vino por curiosidad, por gastronomía o porque buscan una botella distinta para llevar a una comida.

Entonces, ¿realmente es su mejor momento?

Probablemente sí, aunque eso no significa que la industria no tenga retos.

El vino mexicano todavía compite con importaciones de gran escala, costos elevados, disponibilidad limitada y un consumidor que muchas veces conoce mejor las regiones extranjeras que las nacionales.

Pero hoy existe algo que antes era mucho menos visible:

una industria más profesional, una mayor diversidad de productores, más regiones haciendo vino y un público dispuesto a descubrirlo.

La pandemia aceleró una transformación que ya estaba en marcha. Acercó a las bodegas con los consumidores, fortaleció la venta directa y llevó el vino a situaciones más cotidianas.

Ahora el reto es mantener ese interés.

Para quienes vivimos en la Ciudad de México, la mejor forma de hacerlo es bastante sencilla: probar, comparar, preguntar y perder el miedo a elegir.

No hace falta saber de memoria todas las regiones ni identificar veinte aromas en una copa.

A veces basta con abrir una botella mexicana, servirla con algo que nos gusta comer y prestar atención.

Así suelen comenzar las mejores conversaciones sobre vino.

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